Braulio caminaba lento por la Rue du Ruisseau, había tomado el bus 31 como siempre lo hacía cuando venía de Gare du Nord. Miraba los edificios, veía de vez en cuando aquel sol brillante y frío de marzo que se asomaba esquivo entre los inmuebles. Venía tan abatido, como si cada paso le costara una cantidad energía gigante, y suspiraba, suspiraba a cada minuto. Sus ojos estaban perdidos, no estaban fijos en el suelo como tantas otras veces. Se paseaban por las vitrinas, las ventanas, los rostros de los niños jugando alegres, y las miradas de sus respectivas madres. Débil, se veía tan débil, desvalido, era un ánima, un fantasma. Pero no se le veía triste, no daba la impresión de que fuese a romper en llanto. Al mirarlo era como ver una especie de confirmación de un vacío. No, no estaba triste, simplemente abatido. Cuando llegó a su estudio se sirvió un poco de granadina con hielo, puso a sonar un disco de David Gilmour y miró por la ventana como siempre. Allí se dió cuenta de que no estaba triste, que no se arrepentía de lo que había hecho, y que las cosas habían salido como tenían que salir solamente. Se sintió extrañamente satisfecho, de alguna manera se reconfortaba al pensar de que había hecho exactamente lo que tenía que hacer, aunque el resultado no fue el que él deseaba, él había hecho lo que tenía que hacer. Volvió a suspirar y encendió un cigarrillo en su ventana.
Todo empezó la noche anterior, unas gentes de por ahí lo habían invitado a leer algunos de sus poemas la soirée del sábado, en el café de siempre. Por supuesto el evento se suspendió, los típicos problemas. Esa típica noche de viernes en silencio y dando vueltas en su cama se le ocurrió la idea. Hacía un par de días que quería hablar con ella, pero no por teléfono, tenía que ser en persona, quería hablarle mirándola a los ojos, deseaba que ella viera su sinceridad en sus ojos redondos. Necesitaba saber si “la Emily“ que él amaba seguía habitando aquél cuerpo, necesitaba dejar salir todo lo que estaba en su corazón y al mismo tiempo saber si seguir abrigando o no la esperanza de que ella lo recibiera de vuelta en su vida. Ese viernes en la soledad de su studio se acordó que en una de sus últimas conversaciones, ella le mencionó que estaba practicando violín junto a un ensemble los sábados de 16 a 18, en algún lugar del 10iéme arrondissement, cerca de la estación Jacques Bonsergent, línea 5, justo antes de République. En ese momento se decidió a ir a encontrarla, sin previo aviso, para presentarle su discurso de amor y locura. Comenzó a preparar su estrategia meticulosamente, a sistematizar cada sentimiento, a ordenar cada frase, a jerarquizar todo lo que él quería que ella supiese. Eran tantos los escenarios posibles… empezando por la posibilidad de no encontrarla del todo, podía ocurrir que ella no lo dejase hablar, que lo alejara, que huyera, aunque él ingenuamente la visualizaba corriendo a sus brazos y… por supuesto aquello no iba a suceder.
Se levantó repasando su discurso nuevamente, almorzó. Seleccionó con mucho cuidado la ropa que usaría, eligió la misma chaqueta y chaleco que llevaba la noche en que se enamoraron. Luego de una ducha dejó todo listo, no sabía cuanto rato le tomaría esta pequeña hazaña ridícula, así que salió con todo lo necesario para continuar desde allí hacia sus compromisos nocturnos. Tomó el metro, salió con mucho rato de anticipo para andar más tranquilo, pero habían problemas en la línea 12 así que tuvo que esperar algunos minutos en el andén mientras los nervios se apoderaban de él. Su mente le repetía constantemente que era un idea estúpida, que lo más probable era que no la encontrara, y de encontrarla ella no lo dejería acercársele, por algo había cortado toda línea de comunicación con él. Pero sentía la necesidad de ir allí, ese día a esa hora, simplemente tenía que hacerlo. Sus nervios lo consumían, tenía la boca seca, le temblaban las piernas, le dolía el estómago, le sudaban las manos y su corazón latía fuerte y rápido, incluso llegó a sentir leves cosquilleos en su brazo izquierdo.
Llegó a la estación Jacques Bonsergent a eso de las 17:35 y lo primero que hizo fue recorrer con la mirada el andén del frente, puede que ella estuviese allí y no quería pasarse el resto de su vida preguntándose eso. Subió las escaleras y comenzó a mirar las personas que se hallaban cerca de la boletería, pues ella podría estar ahí. Habían muchas personas, turistas fundamentalmente. De pronto la reconoció en la multitud, Emily caminaba rápido hacia la entrada misma del metro, justamente al frente de donde él acababa de salir. Iba con dos personas más, un muchacho y una muchacha a quienes él no conocía, mientras caminaban con paso ligero ella sacaba su passe navigo del estuche de violín que Braulio mismo había comprado con ella. Cuando la vió no alcanzó a pensarlo y corrió hacia ella, esquivando la multitud, sin perderla de vista, con el corazón latiéndole cada vez más fuerte. Esos instantes parecían una eternidad, hasta que alcanzó ponerle la mano en el brazo centímetros antes de que ella validase su navigo para entrar al metro línea 5. Ella volteó y sus miradas se encontraron, el rostro de Emily estaba paralizado, no era sorpresa, era miedo. Braulio al ver ese temor en sus ojos hizo una mueca con boca, como si su garganta no le hubiese permitido decir lo primero que tuvo ganas de decir. Lo único que pudo concebir fue un torpe “hola“, lo que ella contestó con un “hola“ y sin poder parpadear aún recibió el beso que Braulio le dió en su mejilla. Aún con su mano sobre su brazo le preguntó
- ¿Vas muy apurada? – a lo que ella respondió,
- Si, tenía que estar a las 17:30 en Enghien.
Dentro de todos los escenarios posibles, Braulio jamás concibió este. Quedó desarmado, se sintió patético.
- Ahmm… que mala suerte. Bueno, ehm… que te vaya bien -,
le respondió torpemente a Emily, mientras se derrumbaba por dentro. Ella entró validó su pasaje y entró al adentro, aún con esa mezcla de sorpresa y miedo en su rostro, el muchacho que las acompañaba se despidió de ellas y bajó hacia el anden dirección Place d’Italie, ellas caminaron hacia las escaleras y comenzaron a conversar de nuevo con normalidad a medida que iban descendiendo al andén del metro línea 5 dirección Bobigny Pablo Picasso. Braulio solo tenía ojos para Emily, la miraba desaparecer, en su mente se oía un alarido mezclado con el latido de su corazón. Cuando la perdió de vista, se desesperó y sin pensarlo mas de un segundo se decidió a entrar al metro y rogarle que le diera la oportunidad de escucharlo, no estaba dispuesto a rendirse ahí pues quizás ya nunca más tendría otra ocasión. Validó rápidamente su pasaje, con decisión y desesperación, mientras caminaba hacia la escalera escuchó el metro aproximándose, apuró su paso y su corazón latía aún más potentemente. Cuando llegó al andén el tren comenzaba a detenerse, encontró a Emily con su mirada y se dirigió hacia ella para tratar de subir al mismo carro, corrió para alcanzar a lograrlo y lo hizo. El vagón estaba un poco lleno, no quedaron exactamente uno al lado del otro, Braulio ni siquiera podía alcanzar a oir la conversación de Emily con su amiga. “Igual tenía que tomar el tren hacia el otro lado“ le dijo Braulio, a lo que ella respondió moviendo su cabeza con un gesto que expresaba su poco interés en lo que él pudiera decir. El corazón de Braulio latía tan fuerte, miró su reflejo en la puerta del vagón, se dió lástima. Ahí estaban, tan lejanos, tan separados, tan ajenos, en un lugar cotidiando que ellos solían transitar abrazados, acariciándose y besándose. Quizás cuántos besos y momentos tiernos de aquellas dos personas prescenció aquél tren, el mismo que hoy era testigo de la distancia entre estos dos seres humanos.
Estación Gare de l’Est, no subió mucha más gente ni tampoco descendió nadie de su carro.
- ¿Tienes una presentación o algo así? – preguntó Braulio en un patético intento por acercarse a ella.
- Si, pero no mía, de los chiquillos. Por eso voy apurada, me está esperando Julie.
- Yo tenía una especie de soirée poetique, iba a leer unos poemas pero al final se suspendió.
- C’est dommage…
Hubo un largo silencio incómodo, sobretodo para Braulio, pues era él quien estaba haciendo el ridículo. Ella se volvió hacia su amiga para seguir conversando. Él miraba con frustración su reflejo en la puerta del vagón, se le ocurrió preguntarle por su hermano Denis, y Emily contestó con cortesía, le contó que no habían podido hablar mucho últimamente pues había estado muy ocupada esa semana con trabajo. “Ojalá que no pierda la razón como yo lo hice“ tuvo ganas de decirle, pero obviamente no lo hizo. Llegaron finalmente a la Gare du Nord, la parada de ella. Emily descendió con su amiga, sin siquiera mirar a Braulio, ni siquiera para despedirse. El decidió bajarse allí también para hablarle, para hacerse oir. Subió las escaleras tras ella, hasta donde se bifurcaban los caminos entre el RER y las demás líneas, se decidió a intentarlo de nuevo. Como siempre la estación era una caos de gente.
- Hey! Emily, espera! – tomó su brazo nuevamente.
- ¿Qué?
- ¿De verdad tienes que irte tan rápido?
- Ya te dije, me están esperando.
- No necesito más de 5 minutos.
- ¿Qué quieres? – dijo Emily cortántemente. El dudó un minuto, buscó dentro de sí mismo el sentimiento que tuvo por ella, intentó revivirlo mientras la miraba.
- Sólo quería mirar tus ojos y saber si la persona que amo sigue viva.
Braulio soltó su brazo y acercó su mano al rostro de Emily, con el mismo gesto que solía hacer para acariciar su mejilla. Pero al sentir contacto de esos dedos en su mejilla Emily alejó su rostro con velocidad, miró aquella mano con asco y luego envió la misma expresión al dueño de aquella extremidad intrusa. Braulio sintió como se desplomaba su espíritu, la cruda realidad le caía como balde de agua fría, esto ya no era como una novela, no era una ficción.
- ¿Te estoy poniendo incómoda?
- Si, muy – respondió Emily sonriendo, y Braulio se sintió contento de poder al menos disfrutar esa sonrisa una vez más.
- Está bien, lo siento, mejor me voy – dijo y se dirigió hacia la línea 2 del metro acompañado de la mayor de las desolaciones.
Un poco más allá se detuvo, se apoyó en la pared, se vió volviendo a su studio, a encerrarse noche tras noche en desesperación, a continuar guardándose todos sus sentimientos, a seguir viviendo en incertidumbre. Y no pudo hacerlo, no pudo caminar hasta la línea 2 del metro parisino. Salió a toda máquina hacia el lugar de la estación donde sale el RER D, de alguna manera tenía que decirle lo que sentía, aunque no fuese a cambiar nada, aunque ella no lo perdonase, aunque nunca más se volvieran a ver o hablar.
Corrió entremedio de las mujeres de color con coches, esquivando señoras mayores, corría y corría buscando a Emily en la muchedumbre, tomando rápidas decisiones pues no sabía que camino habría tomado Emily. Su corazón si que latía fuerte ahora, no corría así hacía años, era tan potente el latido que no escuchaba a la gente hablando, ni los anuncios del metro ni el sonido de los trenes. Saltaba para tener una mejor vista, corría y corría jadeante. Hasta que dejó de correr y siguió caminando con rapidez para poder recuperar el aliento. Sin querer mira distraído a la persona que aparece a su lado caminando tan rápido como él… era Emily. Él tomó su brazo de nuevo y no pudo evitar reirse, “te andaba buscando y justo apareciste a mi lado“ le dijo, pero ella no lo encontraba gracioso.
- ¿En serio no tienes 5 minutos?
- No, si tienes algo que decirme dímelo mientras camino hasta el tren.
- Ok.
Braulio respiró hondo para recuperar el aliendo, comenzó su discurso. La mano de Braulio estuvo la mayoría del tiempo sobre el brazo de Emily, él hablaba y hablaba con la mayor vehemencia y sinceridad posible, ella solo respondía monosílabos tales como “ya“, “si“, “ajá“, “y?“. El discurso de Braulio ya no seguía sus propias pautas, intentaba decir todo lo que tenía que decir y a la vez intentar romper ese muro de insensibilidad puesto por Emily. Pero no había caso, a medida que se acercaban al tren ella no parecía ceder. Llegaron a la puerta del tren, ella lo miró e hizo un gesto con los ojos como diciendo “se te acabó el tiempo“, subió al tren y desde abajo él intentó romper su lejanía con una caricia, pero ella la rechazó nuevamente, con su mano esta vez. Braulio la buscó desde abajo, caminó mirando por las ventanas del vagón, no estaba en el primer piso, se alejó para buscarla en el segundo piso. Pero tampoco la veía, el tren partió a los pocos segundos de que ella subió, casi como si la hubieran estado esperando. Él observó derrotado como se alejaba el tren, sentía las miradas de la gente pero no le importaba como lo vieran.
Caminó abatido y suspirando, sentía que las piernas le pesaban, que el aire encima de él lo presionaba hacia el suelo. Pensaba en que al menos la había visto, que había estado cerca de ella. Recordaba lo extraño que se sintió hablar con ella de nuevo, estar frente a frente de esos ojos, frente a ese rostro que fue tan mundano en algún momento. Le hizo reflexionar acerca de lo muy unidos que eran, y que probablemente su rostro fue el rostro que él más veía en aquél tiempo, y su voz era la voz que más escuchaban sus oídos. No dejaba de ser chocante que esa persona con la que había compartido tanto ahora no tuviese palabras para él, que sus ojos lo rechazaran, que estuvieran a años luz de distancia.
Cuando Braulio recuerda todo lo que ocurrió en ese momento lo recuerda fuera de si, como si él nunca hubiese estado ahí, como si hubiera sido un testigo omnipresente. Se ve desde el techo de la estación caminando sólo y macilento hacia la calle, con su mochila, con su chaqueta, con los ojos vacíos y un corazón que volvía a latir con normalidad. Se observa subiendo la escalera mecánica mientras le daba aquel discurso a Emily, pero se observa en la distancia desde una escalera paralela. Se mira buscar a Emily en el vagón desde arriba del vagón, contempla su propia mirada y parece irreal, como si estuvieran filmando una película salvo que no hay cámaras. Recuerda los diversos pasajes de su discurso y la expresión parca de Emily frente a los momentos que para él habían sido desgarradores, pero los ve desde las sillas que hay para esperar el tren, desde las boleterías y los puestos comerciales donde los turistas gastan euros como si de eso se tratara la vida.
Salió de la Gare du Nord a la rue Dunkerque con un sentimiento que no podía dimensionar ni comprender. Inevitablemente pensó en las fallas de su discurso, en aquello que no dijo, o no supo expresar. Mientras iba en el bus 31 concluyó que falló al decir que la Emily que él amaba aún sigue viva, él dijo eso porque quería creerlo cuando miró sus bellos ojos. Pero lo que realmente vió fue una pared de orgullo, Emily estaba aún demasiado herida y era demasiado orgullosa para perdonarlo.
Suspiro tras suspiro se alejó su día y se apaciguó su corazón. Al menos esa noche pudo dormir, aún cuando estuviese incluso más solo que de costumbre.