#9

Septiembre 26, 2009 por enemigodelacircunstancia

Yo nunca miro al destino de frente, el destino siempre se encuentra a mis espaldas, empujandome, exigiendome caminar, avanzar, yo nunca juego encontra del destino, yo dejo que el destino juege conmigo, que sea lo que el me tiene preparado. El destino te lleva por caminos inesperados.

Realmente me sorprendía como los demás lo miraban, admiraban mejor dicho, yo no lo conocía, pero yo tambien lo admiraba. Era un tipo de admiración media retorcida, yo quería ser el, yo quería ser como el, el era todo lo que yo quería ser. Yo lo envidiaba. Era una envidia sana, no le deseaba el mal, para nada, solo queria tenerla cerca, cerca de mí, admirarlo en primera fila. Era su admiradora, admiradora secreta. Ya, esta bien, no era para nada secreta, todo el mundo sabia cuanto lo admiraba y lo maravilloso e interesante que me parecía, todo el mundo, hasta el mismo.

Por un momento desee tener su talento y hacer lo que él hacía.

No recuerdo mucho (yo nunca recuerdo) pero estoy más que segura, es más, quizá es una de las cosas con que más firmeza he dicho, lo más acertado, estoy segura de lo que dije esa noche, ese día…
“yo te quiero desde antes de conocerte”

Y entonces qué haras? Qué haras cuando el se entere de todo esto?
Piensalo.

#14

Septiembre 15, 2009 por enemigodelacircunstancia

Braulio caminaba lento por la Rue du Ruisseau, había tomado el bus 31 como siempre lo hacía cuando venía de Gare du Nord. Miraba los edificios, veía de vez en cuando aquel sol brillante y frío de marzo que se asomaba esquivo entre los inmuebles. Venía tan abatido, como si cada paso le costara una cantidad energía gigante, y suspiraba, suspiraba a cada minuto. Sus ojos estaban perdidos, no estaban fijos en el suelo como tantas otras veces. Se paseaban por las vitrinas, las ventanas, los rostros de los niños jugando alegres, y las miradas de sus respectivas madres. Débil, se veía tan débil, desvalido, era un ánima, un fantasma. Pero no se le veía triste, no daba la impresión de que fuese a romper en llanto. Al mirarlo era como ver una especie de confirmación de un vacío. No, no estaba triste, simplemente abatido. Cuando llegó a su estudio se sirvió un poco de granadina con hielo, puso a sonar un disco de David Gilmour y miró por la ventana como siempre. Allí se dió cuenta de que no estaba triste, que no se arrepentía de lo que había hecho, y que las cosas habían salido como tenían que salir solamente. Se sintió extrañamente satisfecho, de alguna manera se reconfortaba al pensar de que había hecho exactamente lo que tenía que hacer, aunque el resultado no fue el que él deseaba, él había hecho lo que tenía que hacer. Volvió a suspirar y encendió un cigarrillo en su ventana.

Todo empezó la noche anterior, unas gentes de por ahí lo habían invitado a leer algunos de sus poemas la soirée del sábado, en el café de siempre. Por supuesto el evento se suspendió, los típicos problemas. Esa típica noche de viernes en silencio y dando vueltas en su cama se le ocurrió la idea. Hacía un par de días que quería hablar con ella, pero no por teléfono, tenía que ser en persona, quería hablarle mirándola a los ojos, deseaba que ella viera su sinceridad en sus ojos redondos. Necesitaba saber si “la Emily“ que él amaba seguía habitando aquél cuerpo, necesitaba dejar salir todo lo que estaba en su corazón y al mismo tiempo saber si seguir abrigando o no la esperanza de que ella lo recibiera de vuelta en su vida. Ese viernes en la soledad de su studio se acordó que en una de sus últimas conversaciones, ella le mencionó que estaba practicando violín junto a un ensemble los sábados de 16 a 18, en algún lugar del 10iéme arrondissement, cerca de la estación Jacques Bonsergent, línea 5, justo antes de République. En ese momento se decidió a ir a encontrarla, sin previo aviso, para presentarle su discurso de amor y locura. Comenzó a preparar su estrategia meticulosamente, a sistematizar cada sentimiento, a ordenar cada frase, a jerarquizar todo lo que él quería que ella supiese. Eran tantos los escenarios posibles… empezando por la posibilidad de no encontrarla del todo, podía ocurrir que ella no lo dejase hablar, que lo alejara, que huyera, aunque él ingenuamente la visualizaba corriendo a sus brazos y… por supuesto aquello no iba a suceder.

Se levantó repasando su discurso nuevamente, almorzó. Seleccionó con mucho cuidado la ropa que usaría, eligió la misma chaqueta y chaleco que llevaba la noche en que se enamoraron. Luego de una ducha dejó todo listo, no sabía cuanto rato le tomaría esta pequeña hazaña ridícula, así que salió con todo lo necesario para continuar desde allí hacia sus compromisos nocturnos. Tomó el metro, salió con mucho rato de anticipo para andar más tranquilo, pero habían problemas en la línea 12 así que tuvo que esperar algunos minutos en el andén mientras los nervios se apoderaban de él. Su mente le repetía constantemente que era un idea estúpida, que lo más probable era que no la encontrara, y de encontrarla ella no lo dejería acercársele, por algo había cortado toda línea de comunicación con él. Pero sentía la necesidad de ir allí, ese día a esa hora, simplemente tenía que hacerlo. Sus nervios lo consumían, tenía la boca seca, le temblaban las piernas, le dolía el estómago, le sudaban las manos y su corazón latía fuerte y rápido, incluso llegó a sentir leves cosquilleos en su brazo izquierdo.

Llegó a la estación Jacques Bonsergent a eso de las 17:35 y lo primero que hizo fue recorrer con la mirada el andén del frente, puede que ella estuviese allí y no quería pasarse el resto de su vida preguntándose eso. Subió las escaleras y comenzó a mirar las personas que se hallaban cerca de la boletería, pues ella podría estar ahí. Habían muchas personas, turistas fundamentalmente. De pronto la reconoció en la multitud, Emily caminaba rápido hacia la entrada misma del metro, justamente al frente de donde él acababa de salir. Iba con dos personas más, un muchacho y una muchacha a quienes él no conocía, mientras caminaban con paso ligero ella sacaba su passe navigo del estuche de violín que Braulio mismo había comprado con ella. Cuando la vió no alcanzó a pensarlo y corrió hacia ella, esquivando la multitud, sin perderla de vista, con el corazón latiéndole cada vez más fuerte. Esos instantes parecían una eternidad, hasta que alcanzó ponerle la mano en el brazo centímetros antes de que ella validase su navigo para entrar al metro línea 5. Ella volteó y sus miradas se encontraron, el rostro de Emily estaba paralizado, no era sorpresa, era miedo. Braulio al ver ese temor en sus ojos hizo una mueca con boca, como si su garganta no le hubiese permitido decir lo primero que tuvo ganas de decir. Lo único que pudo concebir fue un torpe “hola“, lo que ella contestó con un “hola“ y sin poder parpadear aún recibió el beso que Braulio le dió en su mejilla. Aún con su mano sobre su brazo le preguntó

- ¿Vas muy apurada? – a lo que ella respondió,

- Si, tenía que estar a las 17:30 en Enghien.

Dentro de todos los escenarios posibles, Braulio jamás concibió este. Quedó desarmado, se sintió patético.

- Ahmm… que mala suerte. Bueno, ehm… que te vaya bien -,

le respondió torpemente a Emily, mientras se derrumbaba por dentro. Ella entró validó su pasaje y entró al adentro, aún con esa mezcla de sorpresa y miedo en su rostro, el muchacho que las acompañaba se despidió de ellas y bajó hacia el anden dirección Place d’Italie, ellas caminaron hacia las escaleras y comenzaron a conversar de nuevo con normalidad a medida que iban descendiendo al andén del metro línea 5 dirección Bobigny Pablo Picasso. Braulio solo tenía ojos para Emily, la miraba desaparecer, en su mente se oía un alarido mezclado con el latido de su corazón. Cuando la perdió de vista, se desesperó y sin pensarlo mas de un segundo se decidió a entrar al metro y rogarle que le diera la oportunidad de escucharlo, no estaba dispuesto a rendirse ahí pues quizás ya nunca más tendría otra ocasión. Validó rápidamente su pasaje, con decisión y desesperación, mientras caminaba hacia la escalera escuchó el metro aproximándose, apuró su paso y su corazón latía aún más potentemente. Cuando llegó al andén el tren comenzaba a detenerse, encontró a Emily con su mirada y se dirigió hacia ella para tratar de subir al mismo carro, corrió para alcanzar a lograrlo y lo hizo. El vagón estaba un poco lleno, no quedaron exactamente uno al lado del otro, Braulio ni siquiera podía alcanzar a oir la conversación de Emily con su amiga. “Igual tenía que tomar el tren hacia el otro lado“ le dijo Braulio, a lo que ella respondió moviendo su cabeza con un gesto que expresaba su poco interés en lo que él pudiera decir. El corazón de Braulio latía tan fuerte, miró su reflejo en la puerta del vagón, se dió lástima. Ahí estaban, tan lejanos, tan separados, tan ajenos, en un lugar cotidiando que ellos solían transitar abrazados, acariciándose y besándose. Quizás cuántos besos y momentos tiernos de aquellas dos personas prescenció aquél tren, el mismo que hoy era testigo de la distancia entre estos dos seres humanos.

Estación Gare de l’Est, no subió mucha más gente ni tampoco descendió nadie de su carro.

- ¿Tienes una presentación o algo así? – preguntó Braulio en un patético intento por acercarse a ella.

- Si, pero no mía, de los chiquillos. Por eso voy apurada, me está esperando Julie.

- Yo tenía una especie de soirée poetique, iba a leer unos poemas pero al final se suspendió.

- C’est dommage…

Hubo un largo silencio incómodo, sobretodo para Braulio, pues era él quien estaba haciendo el ridículo. Ella se volvió hacia su amiga para seguir conversando. Él miraba con frustración su reflejo en la puerta del vagón, se le ocurrió preguntarle por su hermano Denis, y Emily contestó con cortesía, le contó que no habían podido hablar mucho últimamente pues había estado muy ocupada esa semana con trabajo. “Ojalá que no pierda la razón como yo lo hice“ tuvo ganas de decirle, pero obviamente no lo hizo. Llegaron finalmente a la Gare du Nord, la parada de ella. Emily descendió con su amiga, sin siquiera mirar a Braulio, ni siquiera para despedirse. El decidió bajarse allí también para hablarle, para hacerse oir. Subió las escaleras tras ella, hasta donde se bifurcaban los caminos entre el RER y las demás líneas, se decidió a intentarlo de nuevo. Como siempre la estación era una caos de gente.

- Hey! Emily, espera! – tomó su brazo nuevamente.

- ¿Qué?

- ¿De verdad tienes que irte tan rápido?

- Ya te dije, me están esperando.

- No necesito más de 5 minutos.

- ¿Qué quieres? – dijo Emily cortántemente. El dudó un minuto, buscó dentro de sí mismo el sentimiento que tuvo por ella, intentó revivirlo mientras la miraba.

- Sólo quería mirar tus ojos y saber si la persona que amo sigue viva.

Braulio soltó su brazo y acercó su mano al rostro de Emily, con el mismo gesto que solía hacer para acariciar su mejilla. Pero al sentir contacto de esos dedos en su mejilla Emily alejó su rostro con velocidad, miró aquella mano con asco y luego envió la misma expresión al dueño de aquella extremidad intrusa. Braulio sintió como se desplomaba su espíritu, la cruda realidad le caía como balde de agua fría, esto ya no era como una novela, no era una ficción.

- ¿Te estoy poniendo incómoda?

- Si, muy – respondió Emily sonriendo, y Braulio se sintió contento de poder al menos disfrutar esa sonrisa una vez más.

- Está bien, lo siento, mejor me voy – dijo y se dirigió hacia la línea 2 del metro acompañado de la mayor de las desolaciones.

Un poco más allá se detuvo, se apoyó en la pared, se vió volviendo a su studio, a encerrarse noche tras noche en desesperación, a continuar guardándose todos sus sentimientos, a seguir viviendo en incertidumbre.  Y no pudo hacerlo, no pudo caminar hasta la línea 2 del metro parisino. Salió a toda máquina hacia el lugar de la estación donde sale el RER D, de alguna manera tenía que decirle lo que sentía, aunque no fuese a cambiar nada, aunque ella no lo perdonase, aunque nunca más se volvieran a ver o hablar.

Corrió entremedio de las mujeres de color con coches, esquivando señoras mayores, corría y corría buscando a Emily en la muchedumbre, tomando rápidas decisiones pues no sabía que camino habría tomado Emily. Su corazón si que latía fuerte ahora, no corría así hacía años, era tan potente el latido que no escuchaba a la gente hablando, ni los anuncios del metro ni el sonido de los trenes. Saltaba para tener una mejor vista, corría y corría jadeante. Hasta que dejó de correr y siguió caminando con rapidez para poder recuperar el aliento. Sin querer mira distraído a la persona que aparece a su lado caminando tan rápido como él… era Emily. Él tomó su brazo de nuevo y no pudo evitar reirse, “te andaba buscando y justo apareciste a mi lado“ le dijo, pero ella no lo encontraba gracioso.

- ¿En serio no tienes 5 minutos?

- No, si tienes algo que decirme dímelo mientras camino hasta el tren.

- Ok.

Braulio respiró hondo para recuperar el aliendo, comenzó su discurso. La mano de Braulio estuvo la mayoría del tiempo sobre el brazo de Emily, él hablaba y hablaba con la mayor vehemencia y sinceridad posible, ella solo respondía monosílabos tales como “ya“, “si“, “ajá“, “y?“. El discurso de Braulio ya no seguía sus propias pautas, intentaba decir todo lo que tenía que decir y a la vez intentar romper ese muro de insensibilidad puesto por Emily. Pero no había caso, a medida que se acercaban al tren ella no parecía ceder. Llegaron a la puerta del tren, ella lo miró e hizo un gesto con los ojos como diciendo “se te acabó el tiempo“, subió al tren y desde abajo él intentó romper su lejanía con una caricia, pero ella la rechazó nuevamente, con su mano esta vez. Braulio la buscó desde abajo, caminó mirando por las ventanas del vagón, no estaba en el primer piso, se alejó para buscarla en el segundo piso. Pero tampoco la veía, el tren partió a los pocos segundos de que ella subió, casi como si la hubieran estado esperando. Él observó derrotado como se alejaba el tren, sentía las miradas de la gente pero no le importaba como lo vieran.

Caminó abatido y suspirando, sentía que las piernas le pesaban, que el aire encima de él lo presionaba hacia el suelo. Pensaba en que al menos la había visto, que había estado cerca de ella. Recordaba lo extraño que se sintió hablar con ella de nuevo, estar frente a frente de esos ojos, frente a ese rostro que fue tan mundano en algún momento. Le hizo reflexionar acerca de lo muy unidos que eran, y que probablemente su rostro fue el rostro que él más veía en aquél tiempo, y su voz era la voz que más escuchaban sus oídos. No dejaba de ser chocante que esa persona con la que había compartido tanto ahora no tuviese palabras para él, que sus ojos lo rechazaran, que estuvieran a años luz de distancia.

Cuando Braulio recuerda todo lo que ocurrió en ese momento lo recuerda fuera de si, como si él nunca hubiese estado ahí, como si hubiera sido un testigo omnipresente. Se ve desde el techo de la estación caminando sólo y macilento hacia la calle, con su mochila, con su chaqueta, con los ojos vacíos y un corazón que volvía a latir con normalidad. Se observa subiendo la escalera mecánica mientras le daba aquel discurso a Emily, pero se observa en la distancia desde una escalera paralela. Se mira buscar a Emily en el vagón desde arriba del vagón, contempla su propia mirada y parece irreal, como si estuvieran filmando una película salvo que no hay cámaras. Recuerda los diversos pasajes de su discurso y la expresión parca de Emily frente a los momentos que para él habían sido desgarradores, pero los ve desde las sillas que hay para esperar el tren, desde las boleterías y los puestos comerciales donde los turistas gastan euros como si de eso se tratara la vida.

Salió de la Gare du Nord a la rue Dunkerque con un sentimiento que no podía dimensionar ni comprender. Inevitablemente pensó en las fallas de su discurso, en aquello que no dijo, o no supo expresar. Mientras iba en el bus 31 concluyó que falló al decir que la Emily que él amaba aún sigue viva, él dijo eso porque quería creerlo cuando miró sus bellos ojos. Pero lo que realmente vió fue una pared de orgullo, Emily estaba aún demasiado herida y era demasiado orgullosa para perdonarlo.

Suspiro tras suspiro se alejó su día y se apaciguó su corazón. Al menos esa noche pudo dormir, aún cuando estuviese incluso más solo que de costumbre.

#9

Septiembre 3, 2009 por enemigodelacircunstancia

No sé cómo decírselo, cómo abrir mi corazón y decírle todo lo que quiero decirle. Lo veo dormir mientras escucho su corazón latiendo fuerte, contemplo su paz, su silencio, sus ojos cerrados descansando, al igual que su sonrisa. Envidio el latido de su corazón, tan potente, cuando se acuesta con el pecho hacia el colchón puedo sentirlo resonando en toda la cama, en la almohada. Envidio tantas cosas de él, su capacidad para recordar todo lo que me gusta, para encontrar y deducir todos los detalles que me encantan. Tiene demasiado tacto, un exceso de tacto, siempre sabe la música que poner, dónde besarme, a qué hora salir para llegar a la hora correcta, la cantidad de sal y aceite para la ensalada. A su vez tiene un exceso de sinceridad, por eso a veces no le creo todo lo que dice, pero sus ojos grandes y redondos no podrían mentir. A veces cuando me pongo algún vestido que el no conoce sus ojos se iluminan y la baba casi se le cae, empieza a decirme una cantidad de piropos tan hermosos, que por eso no se los puedo creer. Cuando habla de mi parece estar hablando de alguien más, será porque yo no me veo como él me ve. Para él simplemente soy la mujer mas bella y encantadora del planeta, y yo camino por la calle y cada 10 minutos veo alguien más regia que yo. Y el no tiene ojos te das cuenta??? Por eso no le creo, porque yo no podría verme así, no importa lo que diga, no importa cuanto me alabe. Cuando relata la primera vez que nos vimos, o la noche que nos enamoramos, tiene un recuerdo tan distinto al que yo tengo… aunque admito que tengo mala memoria. Pero él te la cuenta como si yo fuese una princesa, un espejismo, algo supernatural. Es intimidante y halagador a la vez, porque siento que en cualquier momento voy a cometer un error y voy a destruir esa imagen tan elevada que tiene de mi. Quizás por eso no soy capaz de decirle lo que siento, lo mucho que lo admiro y mucho mas importantemente, lo mucho que lo amo. Si el supiera que me vuelvo loca cada vez que me sonríe entonces ya no sería su mujer poética-onírica, si él supiera que me derrito con cada una de esas caricias delicadas con las que recorre mi espalda entonces me humanizaría, ya no sería su diosa-musa. Si supiera que lo necesito, que me completa, que me llena de vida entonces el podría hacer demandas, pedirme sacrificios, y no es que yo no quiera hacer cosas por él, pero simplemente no puedo, no todavía. Pero al no decirle no sólo que lo amo pero como lo amo, tal vez lo estoy perdiendo, me parece claro que él necesita sentirse amado. ¿¿¿Acaso voy a negar que me fascina que me ilustre su amor cada día de maneras nuevas y románticas??? No sé por qué soy tan egoísta, tan floja. Es obvio que a él le encantaría oírme hablar de él, diciendo que además de valorar todos sus gestos, lo amo. Que amo no sólo quién es él conmigo, sino quien es él. Hay ocasiones en que quiero gritarle que amo su manera de caminar, esa manera de dibujar sus ideas en el aire con sus manos delicadas y bellas, que amo su música, sus fotos, sus escritos, no sólo cuando se trata de poemas, canciones y fotos para mi. No es solo envidia, si supiera que disfruto lo que hace, que espero con emoción sus humeantes poemas, sus canciones llenas de tacto y detalles. Me gusta verlo acariciar gatos y perros, sonreírle a los bebés, vestirse y desvestirse, bailar y tomar desayuno.

Me siento tan estúpida al verme invadida por este miedo, un miedo tan ridículo y que sin embargo no me da tregua. Tengo miedo a que me conozca y que al conocerme no le guste y se vaya. ¿¿Pero al callar todo lo que siento no me estoy arriesgando a perderlo por razones aún más estúpidas?? Imagínate que él se vaya porque ya se canso de que yo no le diga lo que siento, sería tan cobarde de mi parte, mejor sería enfrentar mi miedo decírle lo que siento y si no le gusta filo. Me tienen que amar por lo que soy, no por lo que aparento. ¿¿Pero cómo podría amarme por lo que soy si no soy capaz darme a conocer?? Además debo admitir que me conoce bastante, sin que se lo diga. Me lee, aunque yo diga lo contrario. Si tan sólo fuera menos orgullosa y admitiera ante él que lo amo, que me imagino el futuro junto a él, que nos veo envejecer juntos, que quiero que nuetros hijos tengan su boca y sus manos. Si supiera que yo también quiero despertar junto a él y dormirme a su lado todos los días de mi vida…

Me choca ser tan cobarde, me doy cuenta hacia donde vamos y no puedo detenerme. Aunque él sabe lo que siento simplemente llegará el día en que me va a pedir que se lo diga, que se lo demuestre, no con actos, no con sacrificios, simplemente con mis palabras… y yo… yo quizás no podré hacerlo.

#6

Septiembre 3, 2009 por enemigodelacircunstancia

Hay veces en que despertar en medio de la noche es lo mejor que te puede pasar.

Como en aquella bella ocasión en que abrí mis ojos y la vi a mi lado, durmiendo en la oscuridad. No hay nada más sobrecogedor que ver a tu mujer durmiendo creo yo, ver su expresión de paz, en su simpleza, en su cotidianeidad privada, en su tierna intimidad, desarmada en su sensibilidad desnuda. Yo abrí los ojos de par en par para observarla, intentando guardar en mi mente esa imagen con el mayor detalle posible. Dormía de costado con su rostro hacia mi, usando solo sus sostenes negros y sus pantaletas azul marino. Despejé sus cabellos reveldes de su frente, la acaricié, una larga caricia por su frente, sus mejillas, su boca y mentón, hacia su cuello, su hombro izquierdo y sus suaves pechos. Su piel se veía como una gris perla en la penumbra. Su boca hacía la misma mueca de cuando me pide un beso, sus pestañas descansaban, flotando en nuestro aire.

“Quiero estar con esta mujer para siempre, no quiero despertar jamás con otra que no sea ella. Quiero que ella sea lo último que vea al cerrar mis ojos y dormir, y lo primero que encuentre mi vista al despertar“ pensé. La quería mía, mía por todos y cada uno de los segundos que viniesen. ¿Cómo tenerla? ¿Cómo hacer realidad mi sueño ingenuo? Al verla ahí, en mi cama, quería que el tiempo no pasara, que ese fuese el resto de mi vida, mirarla siempre, acariciarla y sentirla mía, ser su eterno guardián. Imaginé como sería despertar siempre con ella, en diferentes camas, en aviones, en sofás, en trenes y buses, y fue mi deseo esa noche.

Hay problemas tan complicados en este mundo, Crisis Financieras, Guerras, Hambre, Miseria, Corrupción, Enfermedades … mientras mi única problemática era estar siempre junto a ella. ¿Acaso no habría una manera de pedirles a todas las personas de la tierra que me entendieran, que me comprendieran? Si pudiera pasar por el corazón de todos los seres humanos en una sola noche, explicándoles que mi único deseo es estar siempre al lado de ella, complacerla, amarla, cuidarla y regalonearla, pidiéndoles a todos que cada vez que nos vean hagan la vista gorda, si nos ven en un cine, bus, tren o metro que nos dejen sentarnos juntos. Que nos permitan entrar al baño juntos, ir a la pega, a las tocatas, a tomar helados. Que nos entiendan, que cuando se trate de nosotros las leyes no corran y nos dejen estar juntos no más, ¿qué tanto daño le haríamos al mundo? ¿qué tan grave sería que dos personas que se aman permanezcan siempre cerca para amarse?

“Cásate conmigo Emily“ le dije en la oscuridad y en el calor de mi cama … lo hice sin pensar y no podía creer que lo había dicho. Yo que siempre había pensado que el matrimonio es una ridiculez ahora me encontraba pidiendo su mano en voz baja. Me salió de adentro, de tan profundo que no podía comprenderlo “hasta hablar sin pensar me hace esta mujer“ pensé. Estaba nervioso, ¿habrá escuchado? como que ingenuamente esperaba que Emily abriera los ojos de pronto y me dijera “Of course I’ll marry you my love“, aunque por supuesto eso nunca ocurrió.

Imaginé nuestra luna de miel, pasaríamos un verano de 6 meses en islas paradisíacas, al lado de la playa, juntos a cada instante. Yo estudiaría su cuerpo metódicamente, cada milímetro cuadrado de su piel, hasta conocer cada detalle. Nombraría todos sus lunares, haría constelaciones de ellos, confeccionaría mapas de sus curvas, sus costas, sus playas, sus zonas erógenas. Conocería cada una de sus texturas y sus sabores, para poder reconocer cada rincón de su piel con solo sentirlo con mi lengua. Pondríamos canciones suaves como No Mystery de Return to Forever, y yo la haría sentir la música con mis manos, recorriendo su cuerpo como si fuese un piano, un contrabajo, una batería y una guitarra a la vez. Nadaríamos desnudos bajo la luna y sentiríamos nuestros cuerpos mojados en tibio contacto.

Solo luego de estar semi-satisfechos de nosotros mismos iniciaríamos la segunda parte de la luna, un invierno de 6 meses por el mundo. Siguiendo la lluvia y la nieve por Europa, recorriendo hoteles, elegiendo nuestras camas favoritas, fotografiándonos en todos los monumentos, entrando aleatoriamente en cafés y restoranes, besándonos en cada esquina obligatoriamente. Compraríamos paraguas y sombreros estrambóticos. No hablaríamos con nadie, no nos quitaríamos los ojos de encima. Ni siquiera compraríamos recuerdos, nada de eso importaría, solo nosotros y nuestros besos.

Pero detente un momento, ¿acaso ella me diría que si? ¿acaso ella quería casarse conmigo? Nunca habíamos hablado seriamente del futuro, ella nunca hablaba en serio conmigo, todo era un chiste. Tal vez yo mismo era también un chiste y la mujer que yo amaba sólo uno de sus muchos personajes. Nada sacaba con seguir soñando, con desearla con todo mi ser, al convertirme en un adicto a ella solo me estaba haciendo daño, el día en que la perdiese todo perdería sentido. Y toda mi pasión, todos mis sacrificios habrían sido en vano y toda esperanza sería extinta. “No puedo seguir así Emily, tienes que algún día hablarme en serio. Alguna vez tienes que abrir tu corazón conmigo, tienes que explicarme que significo yo en tu vida“…

pero, ella…

ella sólo dormía esa noche, y de manera tan hermosa.

#1

Septiembre 3, 2009 por enemigodelacircunstancia

Ella ni siquiera lo vió entrar, pues él tenía un caminar y una prescencia mínima con la que buscaba no ser percibido. Pero si vió la transformación, se percató de que aquél pequeño ser humano de paso tímido se quitaba su abrigo, se quitaba sus lentes, se arremangaba la camisa, y le cambiaba la expresión del rostro por completo.

Cuando comenzó a hacer lo suyo era otra persona, y eso cautivó sin duda la atención de ella. Ese joven cabizbajo de voz suave y mirada esquiva ahora era alguien de palabras firmes, de gestos precisos, cuya mirada recorría todas las miradas. Ella miró profundo en sus ojos en la lejanía impersonal que los separaba, ella observó profundo en la identidad de aquel muchachillo, que en ese escenario era hombre. Vió un ser humano lleno de vida y pasión, de un corazón tan grande que inundaba el suyo propio en aquel instante. Para aquella muchacha esa inspección espectral que hizo con esa mirada fue un hallazgo, sintió entusiasmo, inexplicable atracción e impaciencia. Pensó en que quizás nadie había visto lo que ella vió, que todos veían en él al cabizbajo hombre pequeño en silencio como parte del paisaje. Pero en cualquier momento alguien más descubriría en sus grandes y redondos ojos llenos de vida su corazón hinchado, cuando estaba en su escenario moviendo sus manos y dando pasos firmes, cuando su pasión elevaba su voz y le daba forma a sus ideas de manera brillante.

Ella lo quiso para él, quiso ser dueña de su descubrimiento, convertir a ese muchacho de voz débil, en el hombre apasionado que tenía delante de sus ojos. Buscaba su mirada, la esperaba para regalarle una sonrisa, utiliziría su mejor y más coqueta sonrisa. Pero la mirada de él recorría todas las miradas de su audiencia, y parecía sobrevolar la sonrisa de aquella muchacha intrigante sin particular atención.

Entonces ella se dió cuenta que sería mucho más fácil atraparlo fuera del escenario y las luces, lejos de la atención, cuando volviese a ser la prescencia insignificante que era en la mundanidad del mundo. Aún así continuó esperando su mirada el resto del show, con su sonrisa especial, sólo utilizada para aprovecharse de los hombres. Desesperó un poco, tal vez él ya tenía dueña, claro, no podía ser que alguien así hubiese pasado desapercibido siempre. Sino su sonrisa se habría destacado, él la habría notado pues ella se sabía bella, y su sonrisa coqueta jamás había fallado en captar la atención de un hombre. Por otro lado, era la primera vez que lo veía!!! no era del todo atractivo, de hecho fuera de las luces no existía, quizás cuantas veces cruzaron sus caminos y ella caminó sobre su mirada (ella sabía que cuando caminaba los ojos de los hombres la seguían). ¿¿¿Por qué sentía eso??? ¿Qué tenían sus gestos? ¿Que había en su voz firme y espaciosa? Había misterio, en lo que sentía y en ese hombre. Era una corazonada, un instinto, un deseo inexplicable de explorar la identidad de ese corazón oculto. Porque tal vez… ese muchacho que acariciaba el aire con sus manos era lo que ella estaba esperando.

Cuando terminó el show decidió abordarlo, él ya había vuelto a ser el de siempre, con sus lentes, su abrigo, su mirada fija en el suelo. Ella un poco nerviosa (y sorprendida porque nunca se ponía nerviosa con los hombres) se le acercó con alguna razón ficticia, él reaccionó como si hubiera visto un fantasma, con miedo, como si nunca nadie le hablara en el mundo mundano. Le respondió en voz baja, apartando la mirada. Ella se dió cuenta que lo intimidaba, tiene que haber sido su belleza, su cuerpo escultural y su elegante buen gusto para vestirse, su maquillaje y accesorios tan exquisitamente seleccionados para cada ocasión. “¿¿Qué mierda estoy haciendo hablando con este tipo que apenas es capaz de articular una oración??“ se preguntó, ella tan de alta alcurnia sintió que estaba haciendo el ridículo hablando con alguien tan inferior a lo que acostumbraba. Pero lo visualizó mentalmente bajo las luces, con todos los ojos encima y recordó por qué estaba ahí. Tenía que llevar de alguna manera la conversación a otra parte, tenía que subirlo al escenario para verlo como quería verlo. Contradictorio!!! pues decidió abordarlo ahí pues era presa fácil, pero resultó ser tan tímido que era más difícil encontrar su mirada, y sin su atención ella no podría hacer lo que sabía hacer mejor: hipnotizar y hacer que los hombres hicieran lo que ella quiere. Qué complicado estaba resultando esto!!! ella teniendo que acercarse, teniendo que planear estrategias, cuando siempre había sido al revés.

Finalmente lo logró, llevó la conversación adonde quería y volvió a sentirse cautivada, despertó en él al hombre que buscaba y olvidó las dudas, lo observaba y lo disfrutaba. Tanto así que no recordó poner la sonrisa coqueta pues todo fue tan simple, ahora él le hablaba a ella, mirándola directamente a los ojos. La timidez y la cabeza gacha se habían esfumado, y el hombre que quedó era deslumbrante, pues si una palabra lo describía era esa. Conversaron con gran libertad y entusiasmo, sin presiones, ella sintió una química de inmediato, una conexión especial, al mirar sus grandes ojos redondos pudo ver más profundo de lo que vió desde lejos, y quedó aún más fascinada. Había un hombre tan completo ahí adentro, tan lleno de pasión y nobleza, de nuevo la corazonada, él quizás podría ser lo que ella llevaba esperando tanto tiempo. Al estar compartiendo con él sintió una pequeña sensación de nervios, que no sentía desde muy niña, que empieza en el estómago y sube hasta la garganta. La hizo sentirse un poco torpe, como si la atención que siempre sentía encima de ella por su belleza se desviara hacia aquel muchacho por sus misteriosas e inexplicables virtudes. Se sintió niña de nuevo, sin poder controlar muy bien hacia donde viajaba su imaginación al ver esas manos delicadas ilustrar ideas en el aire. ¿Hace cuántos años que no se sentía así? Le dió hasta un poco de vergüenza ese sentimiento y rogaba porque no fuese notorio.

Luego de un par de minutos sus caminos se terminaron por separarse, se despidieron de manera repentina pero ambos con gran jovialidad. Aunque la despedida había sido abrupta ella tenía la seguridad de que lo vería pronto de nuevo en su escenario. Caminó hacia sus amigas y se dió cuenta que no le había dicho su nombre, ya que él no lo había preguntado, y ni siquiera utilizó su mirada coqueta! al menos no conciente o voluntariamente. Pero nada de eso importaba, este primer encuentro había sido un triunfo, había podido transformar aunque fuese durante unos minutos, al muchacho cabizbajo y tímido en el hombre seguro y deslumbrante. Estaba segura de que había hecho una impresión en su mente, pues se le había acercado fuera de las luces y la atención, cuando era un don nadie, y ella en todos lados era ella, y ningún hombre jamás había olvidado su rostro de muñeca ni sus cautivantes ojos azules.

No comentó a nadie su interés especial en aquel muchacho, y volvió a su rutina usual con la esperanza de que un buen día él distinguiría su mirada coqueta en el mar de ojos que era su audiencia.

to F.M.